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lunes, 23 de agosto de 2010

Narcos colombianos amenazan a nativos peruanos en el Putumayo


La alerta llegó el Viernes Santo: pobladores del caserío Mario Rivera (en la provincia de Ramón Castilla) denunciaron ante el comando de la Marina de Guerra en Iquitos que un narcotraficante colombiano, identificado como “Javier”, había incursionado en la zona para —alternando promesas con amenazas y chantajes— inducir a los campesinos del lado peruano a que cultivasen hoja de coca. Que él luego compraría toda la producción, les explicó. Que la procesaría en su país, les dijo. Que una vez convertida en cocaína la vendería a través de negociantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Que así funciona el negocio, les advirtió. Y que así seguirá funcionando, quieran o no. En las riberas del Putumayo elegir es un lujo.



Según información de Inteligencia de la Marina, “Javier” tendría a 120 hombres a su cargo. Como él, en los últimos años se han detectado a innumerables grupos dedicados no solo al tráfico de drogas.


La región del Putumayo es, en fin, el imperio de la ilegalidad a gran escala. “Aquí tenemos narcotráfico, contrabando de combustible, narcoterrorismo, tráfico de madera, minería informal, etc…”, comenta el vicealmirante Carlos Tejada, jefe de la Comandancia General de Operaciones de la Amazonía de la Marina de Guerra del Perú .


Lo paradójico es que uno de los pueblos más desarrollados de la ribera del Putumayo suele ser utilizado como punto de descanso o abastecimiento de los traficantes, contrabandistas y hasta subversivos. En El Estrecho conviven militares y policías con pobladores peruanos y colombianos, y la duda se materializa en permanentes cruces de miradas: aquí no hay cómo saber quién es qué.


PUNTO DE (DES)ENCUENTRO
El Estrecho es la capital del distrito de Putumayo, que pertenece a la provincia de Maynas. Hasta este punto solo se llega por río —desde Iquitos el viaje tarda 20 días— o por aire, en los vuelos cívicos de cada fin de mes. Opera en el lugar un hidroavión privado, pero solo para aquellos que pueden pagar el pasaje.


Uno pisa El Estrecho y lo primero que llama la atención es que los locales más grandes de este pequeño pueblo pertenecen a tres grupos políticos: el Partido Nacionalista, Acción Popular y Fuerza Loretana. Cuentan los pobladores que a veces los mítines se realizan a la misma hora, uno junto al otro.


Además de la distancia, otro problema que soporta este pueblo es la cercanía de las FARC. Si bien las columnas terroristas evitan abrir otro frente con militares peruanos, lo cierto es que los puestos de vigilancia fronterizos resultan apetecibles desde un punto de vista logístico. Y antecedentes hay por montones. En noviembre del año 2000 la policía de El Estrecho detuvo al colombiano Lurio Magnolio Giduyima Bautista por no portar documentos. La sorpresa llegó cuando se encontró en su poder croquis detallados de varias bases militares y policiales peruanas en la frontera. El propósito de Giduyima era atacar algunas de estas bases en la Navidad de ese año para robar armas y municiones.


VISITANTES INDESEABLES
En los últimos años no se reportaron incidentes con este grupo terrorista. Los narcotraficantes colombianos, en cambio, sí se han mantenido en la zona. “Quizá no puede evitarse que (los narcos) ingresen al Perú, lo que hay que evitar es que se queden”, reconoce y alerta el vicealmirante Tejada. Él sostiene que actualmente en la región se cultivan unas mil hectáreas de hoja de coca. Para el Gobierno Regional de Loreto, existen más de 3 mil hectáreas sembradas.


Uno de los sectores preferidos por los narcos colombianos es Huapapa, localidad ubicada a poco más de 400 kilómetros de El Estrecho. La actividad ilegal en este caserío no es reciente; de hecho, en el 2001 se reportaron incursiones de “Tiberio”, uno de los cabecillas de las FARC en esta zona durante aquella época.


Por cuestiones logísticas, para los traficantes de drogas El Estrecho sigue siendo un lugar de tránsito obligatorio. Este Diario quiso hablar de ello con el alcalde, Adilio Cárdenas, pero se encontraba en Iquitos. Tampoco estaban sus regidores ni el gerente municipal. Una secretaria no supo responder cuándo regresaría alguno de ellos.


TRAFICAN CON EL MIEDO
La sensación de nerviosismo que se vive en El Estrecho es cotidiana. Del lado peruano, los militares y policías destacados en este punto no pueden controlar el ingreso de colombianos. Muchos de estos últimos —se presume— se dedican a la minería informal de oro pero, según fuentes militares, son en realidad narcotraficantes. “Lo peor llega de noche”, explica un oficial de la Marina que presta servicio en la zona. “Algunos colombianos, quizá por desafiar nuestra autoridad, arman fiestas en los billares y reúnen a gente muy extraña”, advierte.


El temor está focalizado. Y no siempre los narcotraficantes, como en el caso de “Javier”, ingresan al lado peruano para aliarse con los pobladores en relativos buenos términos. A veces la mafia hace las cosas a su modo: pocos días después de aquel Viernes Santo, pobladores de las localidades de Hawái, Ramón Castilla, Mario Rivera y Gamboa abandonaron sus viviendas y se desplazaron hacia donde el río los llevó. Los caseríos quedaron vacíos.


Este éxodo empezó cuando narcotraficantes armados amenazaron con incendiar los poblados si ellos no les proveían de hoja de coca. Total, ¿quién iba a impedirlo? A principios de mes fueron asesinados cuatro sujetos en la quebrada Callarú, cerca de la localidad de Dos de Mayo. Todos tenían antecedentes por tráfico de drogas, pero aquí en el Putumayo, ya se sabe, las balas llegan siempre antes que la cárcel.


LA CIFRA
1.600
Kilómetros de largo tiene la frontera entre el Perú y Colombia. El río Putumayo es la división natural entre ambos países.


PARA RECORDAR
Cita con “Tiberio”
En el año 2002, los periodistas de El Comercio Javier Ascue y Lino Chipana recorrieron durante varios días el río Putumayo hasta lograr entrevistarse con “Tiberio”, el mando militar de las FARC en la zona. “Tiberio”, hoy muerto, reconoció haber ingresado una vez al Perú y dijo que las FARC no causarían problemas a los países vecinos.


ANTECEDENTES
Veinte años atrás
En noviembre de 1989, terroristas de las FARC ingresaron al puesto de vigilancia Campuya, en el Perú, y robaron armas y municiones.


Captura en masa
En 1997 la policía capturó a 12 narcotraficantes de la banda de Mariano Cruz, “Tío Abraham”.


El año más difícil
Entre enero y mayo de 1993 las FARC atacaron cinco bases peruanas.


En riesgo
En el 2001 la policía detuvo a dos nativos en El Estrecho; portaban granadas que les habían entregado las FARC

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